No podía dormir. Cuando entreabría los ojos, veía pasar, a través de los huecos que dejaba la persiana, pequeños chorros de blanca luz. Hacía una noche demasiado hermosa como para no admirarla.
Me incorporé.
Cuando salí a la calle, cerré los ojos y le dejé a mi mente y a mis pies que me guiasen a ciegas. Cuando los volví a abrir, rato después, me encontré cruzando un bosque que dejaba adivinar una especie de sendero. Lo seguí, curiosa, y llegué a una inmensa explanada, un interminable manto de verde hierba.
Era una noche cálida, suave... Me despojé de mi ropa y me tumbé en la hierba, mullida, sedosa, fresca... Miré el cielo, cuajado de estrellas, que, junto con la luna, emitían una delicada luz perlina que se reflejaba en mi piel, haciéndola brillar como si fuera ésta la que irradiara luz propia.
La brisa jugueteaba con mi pelo, me acariciaba el vientre, me rozaba los labios, los pómulos, la frente... Me susurraba al oído y me besaba en el cuello, me balanceaba de un lado al otro, me acunaba, se posaba en la desnudez de mi cuerpo, me hacía estremecer.
Me dormí plácidamente y aquella noche para mí no acabó nunca.


