viernes, 30 de enero de 2009

Deseos.

No podía dormir. Cuando entreabría los ojos, veía pasar, a través de los huecos que dejaba la persiana, pequeños chorros de blanca luz. Hacía una noche demasiado hermosa como para no admirarla.

Me incorporé.

Cuando salí a la calle, cerré los ojos y le dejé a mi mente y a mis pies que me guiasen a ciegas. Cuando los volví a abrir, rato después, me encontré cruzando un bosque que dejaba adivinar una especie de sendero. Lo seguí, curiosa, y llegué a una inmensa explanada, un interminable manto de verde hierba.


Era una noche cálida, suave... Me despojé de mi ropa y me tumbé en la hierba, mullida, sedosa, fresca... Miré el cielo, cuajado de estrellas, que, junto con la luna, emitían una delicada luz perlina que se reflejaba en mi piel, haciéndola brillar como si fuera ésta la que irradiara luz propia.


La brisa jugueteaba con mi pelo, me acariciaba el vientre, me rozaba los labios, los pómulos, la frente... Me susurraba al oído y me besaba en el cuello, me balanceaba de un lado al otro, me acunaba, se posaba en la desnudez de mi cuerpo, me hacía estremecer.


Me dormí plácidamente y aquella noche para mí no acabó nunca.

domingo, 25 de enero de 2009

17

Otro año más...

domingo, 18 de enero de 2009

Equivocación.

Irene, sentada en un banco, esperaba impaciente a que llegase su tren. Intercalaba miradas nerviosas a la estación donde se encontraba y luego, miraba el gran reloj, que marcaba los minutos que faltaban para que su tren llegase.

La espera se la hacía eterna y terriblemente pesada, y, para colmo, no había nadie más allí excepto ella.


Creyó verlo, escucharlo o sentirlo, una leve aproximación de lo que había oído hablar, una contracción de su cuerpo, un gemido que la sorprendió y le erizó la piel, aliento en el oído y fríos los pies, ardiéndole la cara, la boca seca, húmeda la espalda, jadeo, suspiro, grito, alivio, dolor y... Abrió los ojos y todo aquello desapareció.


Suspiró profundamente y su pelo empezó a revolverse al compás de un fuerte viento. El tren había llegado. Las puertas se abrieron. Irene iba a subir cuando algo la oprimió de los hombros empujándola fuertemente hacia atrás y le susurró al oído con voz aterciopelada y penetrante “Sólo miras, abre los ojos y aprende a ver con claridad”. Irene parpadeó y clavó su mirada en el vagón, aterrorizada, y no pudo dar crédito a lo que vió. El tiempo se paralizó por un instante que duró una eternidad, mientras ella sentía el latir de su corazón saliéndosele del pecho. Jamás podría darle definición a aquello, tampoco supo si era bueno o malo, pero sabía que le asustaba y que por ahora, no iba a ser capaz de comprenderlo. Se estremeció.


Cuando volvió a abrir los ojos, el tren se había ido. Había perdido la noción del tiempo, se había desmayado. Miró a su alrededor y pensó en lo que había soñado.


“Quién sabe... Quizás este no era el tren que tenía que coger”


Y se fue de allí, pensando si volvería a escuchar a aquella voz que le susurró al oído y le hizo cambiar su destino.

sábado, 17 de enero de 2009

Origen.

Existió una vez, hace mucho tiempo, un lazo entre dos ancianos campesinos que, aun a pesar de su edad, querían tener el hijo que no pudieron tener en su juventud. Le rogaron al Shaman del poblado que les ayudase a engendrar un niño. Éste, les dio una semilla y les dijo que deberían plantarla una noche de Luna menguante y regarla con agua, leche y unas gotas de su propia sangre. Esa noche, había luna menguante, y el viejo matrimonio enterró la semilla en la tierra, cuidando de regarla con agua y leche, no obstante, pensaron que no era necesario sentir el dolor del corte en sus manos y no añadieron ni una sola gota de su sangre a la tierra.


Al amanecer, cuando se despertaron y salieron al jardín, asombrados, contemplaron un gigantesco roble, que, en cuyo centro, albergaba un amasijo de raíces que protegían lo que parecía un pequeño cuerpo. El viejo matrimonio cortó las raíces que lo envolvían y descubrieron a un niño de cabello moreno, y unos ojos enormes de un negro tan profundo como si retuvieran dentro un abismo, acentuados por una piel increíblemente pálida.

Los ancianos, felices y llenos de amor y cariño, cuidaron al niño y este pronto creció, sin embargo, había algo que les preocupaba, y era que el niño parecía no ver, ni oír, aunque parecía percibir el mundo por algún sentido interno innato, y cuando hablaba, lo hacía con una voz neutra, sin expresividad alguna.

Preocupados los ancianos, fueron a consultar al Shaman.


Cuando el Shaman tuvo delante al niño, con un afilado cuchillo, y ante la atónita mirada de los ancianos, cortó el pecho del pequeño, dejando ver sus entrañas, y en el centro de su cuerpo, una diminuta manzana color verde. Entonces habló:


-Su corazón no ha sido capaz de madurar, en la noche que engendró, olvidasteis la gota de sangre que le haría fluir y sentir. Ahora, me temo, es demasiado tarde, pues su corazón crecerá, pero jamás encontrará la motivación que le hará latir.


Entonces, el cuerpo del niño volvió a cerrarse, y el Shaman, habiendo cumplido la encomienda, se evaporó.

jueves, 15 de enero de 2009

Un día cualquiera

Mientras camino, observo el asfalto, ligeramente cubierto de tierra y marcado por el caminar. Las perfectas casas, las vallas ajardinadas, los árboles, las hojas secas en el suelo, el sol en la cara, el viento en el pelo... Y el silencio.

Mi estómago se hace una jaula, me siento vacía. Hablo en alto conmigo misma. Me siento sola. Mientras camino, a mi alrededor, todo se deforma, y empiezan mis sentidos a nublarse. Pierdo la noción del tiempo. Pierdo el significado del tiempo. Me siento y no me veo, me sumerjo y recuerdo y no obstante... Ya no siento.

lunes, 5 de enero de 2009

Adelanto.

Enero de Cambios.

jueves, 1 de enero de 2009

Corte definitivo. Del pasado al futuro.


Mi decisión de no volver a escuchar, es la consecuencia de que me ensordecierais.

Y, por supuesto, mi silencio y mi hipocresía serán la paga por ello.