domingo, 29 de marzo de 2009

Muy lejos.

Una sonrisa se dibujaba en sus labios. Era imposible no sentir la embriagadora felicidad que se acomodaba en cada lugar de su cuerpo, como si le chispeara la piel. Sentía un incontrolable hormigueo en el estómago que la incitaba a fundirse con el mundo, a beber de las emociones y de bailar sintiendo que sus movimientos no se limitaban a la sola existencia de sus pies. Volar... Sí, ella volaría y jugaría con el aire y se convertiría en aquella ola que está a punto de romper contra el mar...


Entonces algo tiró fuertemente de ella inmovilizándola cuando escuchó...


-Irene, baja a fregar la cocina, por favor.


E Irene volvió a la realidad.

Durante unos segundos más siguió admirando el cielo. Aquel cielo con el que no podía evitar quedarse ensimismada, que tantas veces le hacía perder la noción de la realidad, del tiempo, del espacio, y aunque su cuerpo siguiese allí parado, su mente escapaba a todas partes, viajaba... Viajaba y se iba muy muy lejos de allí.


Y sólo así, era cuando Irene se sentía feliz.

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