sábado, 28 de febrero de 2009
La Distancia.
Unas manos me agarran fuerte. Me aprietan con dureza los párpados y sujetan mi mandíbula con sus dedos rasgándome la boca. Yo no sé donde están mis manos, sé que las tengo, pero las siento fuertemente encadenadas. Dolor punzante en los oídos, como el despertar de los cañones y el tronar de los cielos.
Llora todo mi cuerpo.
Y, al otro lado del mundo, Johnny, sin saber absolutamente nada de esto, pide un café con hielo.
sábado, 21 de febrero de 2009
jueves, 5 de febrero de 2009
lunes, 2 de febrero de 2009
Conclusiones.
-No aguanto más esta situación... Quiero estar sola... Y alejarme de todos... ¡¡Quiero desaparecer...!! – Concluyó con un último grito. Y en el tiempo que le duró un pestañear, se encontró de pie, reposando su cuerpo encima de un océano. Observó durante unos instantes el cielo, salpicado de rosas, naranjas y malvas... Y un sol poniéndose cuando perdía la vista en el infinito.
“...No querías estar sola...?” Escuchó un instante antes de que toda esa armonía se rompiera y de que ella cayera al agua. Luchó agónicamente durante horas, gritaba pidiendo ayuda, pero era inútil, estaba sola, nadie podía oírla. Su cuerpo dejó de aguantar y entre el frío de las aguas y el cansancio de su cuerpo, el mar se la tragó.
Quizás no somos conscientes, y no percibimos cuando el agua empieza a evaporarse con nuestro roce; quizás no somos conscientes cuando nos miramos al espejo, de que nuestro reflejo no nos devuelve brillo en la mirada; quizás no somos conscientes del vacío que tenemos en el estómago y de que probablemente, intentamos llenarlo con sustitutos de lo que creemos que nos falta, que no hacen sino empacharnos de lo que no necesitamos y de una indiferencia hacia todo.
Y entonces es cuando tomamos la decisión equivocada.
viernes, 30 de enero de 2009
Deseos.
No podía dormir. Cuando entreabría los ojos, veía pasar, a través de los huecos que dejaba la persiana, pequeños chorros de blanca luz. Hacía una noche demasiado hermosa como para no admirarla.
Me incorporé.
Cuando salí a la calle, cerré los ojos y le dejé a mi mente y a mis pies que me guiasen a ciegas. Cuando los volví a abrir, rato después, me encontré cruzando un bosque que dejaba adivinar una especie de sendero. Lo seguí, curiosa, y llegué a una inmensa explanada, un interminable manto de verde hierba.
Era una noche cálida, suave... Me despojé de mi ropa y me tumbé en la hierba, mullida, sedosa, fresca... Miré el cielo, cuajado de estrellas, que, junto con la luna, emitían una delicada luz perlina que se reflejaba en mi piel, haciéndola brillar como si fuera ésta la que irradiara luz propia.
La brisa jugueteaba con mi pelo, me acariciaba el vientre, me rozaba los labios, los pómulos, la frente... Me susurraba al oído y me besaba en el cuello, me balanceaba de un lado al otro, me acunaba, se posaba en la desnudez de mi cuerpo, me hacía estremecer.
Me dormí plácidamente y aquella noche para mí no acabó nunca.


