Vivía, en aquel pequeño pueblo, un anciano de dulce corazón. Poseía éste un gran jardín repleto de bellas flores de magnífico olor, de frondosas y verdes madreselvas que trepaban por la frágil tapia que lo rodeaba, pero, sobretodo, un manzano. Un manzano enorme, de poderoso tronco y largas ramas cuajadas de unas joyas frutales, rojas, brillantes y hermosas.
Era tal la grandiosidad de este manzano, que además de ser asiduamente contemplado, era el objetivo de pequeños e inocentes hurtos, cometidos sobretodo por algunos niños, que deseaban probar un bocado de aquellos frutos que colgaban de sus ramas.
El anciano solía observar desde su ventana cada uno de esos pequeños actos y su corazón se endulzaba cada vez más, a medida que veía a los niños felices saboreando el delicioso sabor de aquellas manzanas.
Una mañana, se asomó a la ventana tan solo para no dar crédito a lo que vio: En su árbol no quedaba una mísera manzana, y las ramas de éste habían sido violentamente serradas.
(...)
Dicen que en un pequeño pueblo existía un árbol, que era capaz de dar divinos frutos de dulcísimo y único sabor, incomparables a los de cualquier otro manzano. Dicen, porque ya no saben lo que hay, porque quien se acerca se encuentra con muro de piedra tan alto que ni los pájaros alcanzan a sobrevolar; según dicen, que su dueño, un anciano de amargo corazón, construyó para que nunca nadie probase sus manzanas.
¿Seguirá viviendo aquel manzano, o moriría al dejar de ser contemplado, o quizás debilitado, al quedarse sin ramas y frutos sagrados…?


1 comentario:
A veces intentamos proteger algo tanto que no nos damos cuenta de que lo destruimos.
Bonita entrada :)
Publicar un comentario