lunes, 4 de octubre de 2010
Quizás
Quizás ensordecí.
Quizás ese pozo no tenía fondo.
Qué importa lo que ocurriese, el río donde yo me bañaba de niña sigue seco aún. Quizás cuando la moneda toque el suelo yo vuelva a escuchar de nuevo el agua fluir.
sábado, 17 de abril de 2010
Grito de Mandrágora
A lo lejos, escucho el galopar de un alma corrompida, le brillan los ojos, se le revuelve el negro pelo. Sonríe, puntiagudos colmillos se asoman entre sus comisuras. Ríe, no se da cuenta, pero despierta a la luna, que acunada en las alturas, lo observa y es testigo de esta injusticia.
Sus manos agarran mis cabellos y tiran con ferocidad, siento mi vida arrinconarse en la tierra que me rodea, negándose a salir. Sus pies se hincan profundamente, dolor, empiezo a sentirle, sufro. Mis entrañas se revelan, mil estacas sobre su oído caen como una lluvia de alfileres en su tímpano, le quemo, lo sé, cierra los ojos, aprieta los colmillos, aguanta mi alarido, y se obliga a ensordecer.
Tira otra vez, y me saca de la naturaleza, me enclaustra, me fulmina, mis raíces lloran y mi aullido no tiene respuesta.
Arráncame de mis orígenes, viola mi tierra, pero cuando quieras ahogarme en leche y vino solo recuerda, que cada noche escucharás mi agónico grito y te haré enloquecer cada noche un poco más hasta conseguir llevarte al suicidio.
El manzano
Vivía, en aquel pequeño pueblo, un anciano de dulce corazón. Poseía éste un gran jardín repleto de bellas flores de magnífico olor, de frondosas y verdes madreselvas que trepaban por la frágil tapia que lo rodeaba, pero, sobretodo, un manzano. Un manzano enorme, de poderoso tronco y largas ramas cuajadas de unas joyas frutales, rojas, brillantes y hermosas.
Era tal la grandiosidad de este manzano, que además de ser asiduamente contemplado, era el objetivo de pequeños e inocentes hurtos, cometidos sobretodo por algunos niños, que deseaban probar un bocado de aquellos frutos que colgaban de sus ramas.
El anciano solía observar desde su ventana cada uno de esos pequeños actos y su corazón se endulzaba cada vez más, a medida que veía a los niños felices saboreando el delicioso sabor de aquellas manzanas.
Una mañana, se asomó a la ventana tan solo para no dar crédito a lo que vio: En su árbol no quedaba una mísera manzana, y las ramas de éste habían sido violentamente serradas.
(...)
Dicen que en un pequeño pueblo existía un árbol, que era capaz de dar divinos frutos de dulcísimo y único sabor, incomparables a los de cualquier otro manzano. Dicen, porque ya no saben lo que hay, porque quien se acerca se encuentra con muro de piedra tan alto que ni los pájaros alcanzan a sobrevolar; según dicen, que su dueño, un anciano de amargo corazón, construyó para que nunca nadie probase sus manzanas.
¿Seguirá viviendo aquel manzano, o moriría al dejar de ser contemplado, o quizás debilitado, al quedarse sin ramas y frutos sagrados…?
sábado, 20 de marzo de 2010
Olvídame, mañana.
El mundo se cierra
bajo tus largas pestañas.
Verlas quisiera
cubiertas de lluvia
tan densa y tan oscura
como tu oscura y densa mirada.
Negros ojos negros
que resucitan en mi
cuando abres tus largas pestañas.
No puedo dejar de repetirme "Negros ojos negros", cortesía de Miguel Hernández, por lo que ésto lo escribí inspirada por el suyo propio, que empieza también así.
domingo, 14 de marzo de 2010
Follow your map.
Cada fino copo, una parte apagaba, hasta que finalmente, tras una densa capa quedó sepultada.
Lo que nadie sabía, es que debajo de toda esa blancura helada, debajo ésta se hallaba, que se negaba ante cada nueva capa de nieve, a sentirse finalmente consumada. Es por ello que pervivió en lo más hondo, siendo tomada como un bello recuerdo, pero sin ser nunca olvidada.
domingo, 3 de enero de 2010
Infinito
Los ojos de Johnny se cerraron con resignación dejando tras ellos una fila de puertas consecutivas, cuya extensión se perdía en horizonte de aquella dimensión.
En sus manos aferró la llave que abría solo una de ellas.
Ni la inmortalidad le sirvió para encontrarla.
lunes, 12 de octubre de 2009
Final definitivo. Soledad
Aun recuerdo aquel árbol de mi jardín, de tronco firme y largas ramas vestidas de hojas de violáceo color, haciéndole excepcionalmente bello cuando, en los días de tiempo revuelto, veías resistirse a cada una de ellas a dejarse llevar por los caprichos del viento.
Recuerdo también aquel otoño, en que, como de costumbre, salí a contemplarlo y a admirar el esplendor y brillante colorido de sus hojas frente al semblante mortecino de todas las demás. No pude creer lo que ví cuando lo alcancé a mirar: El árbol había perdido todas sus hojas, quedando solamente una única de ellas en el extremo de la rama más alta.
El invierno llegó: Fuertes nevadas, lluvias y ventiscas amenazaron con arrancar al árbol de cuajo, pero éste resistió junto a su única hoja hospedada en lo más alto.
No obstante, uno de aquellos días, una leve brisa acarició a la hoja que, en un movimiento casi imperceptible, se soltó.
El árbol tardó en morir a penas unos días.

