Finalmente y después de dos años, rompió mi recio cántaro el agua que caía con furia y velocidad desde aquella fuente que tomaba su fría esencia del deshielo de la montaña.
Cuando dejé de ir a por agua, la fuente se secó.
O eso creo yo, pues nunca fui a comprobarlo, mi cántaro en pedazos no podía albergar ni una sola gota que aliviara mi sed y mi boca se negaba a beber ni una sola gota más de aquella agua gélida y devastadora.


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