lunes, 12 de octubre de 2009

Final definitivo. Soledad

Aun recuerdo aquel árbol de mi jardín, de tronco firme y largas ramas vestidas de hojas de violáceo color, haciéndole excepcionalmente bello cuando, en los días de tiempo revuelto, veías resistirse a cada una de ellas a dejarse llevar por los caprichos del viento.

Recuerdo también aquel otoño, en que, como de costumbre, salí a contemplarlo y a admirar el esplendor y brillante colorido de sus hojas frente al semblante mortecino de todas las demás. No pude creer lo que ví cuando lo alcancé a mirar: El árbol había perdido todas sus hojas, quedando solamente una única de ellas en el extremo de la rama más alta.

El invierno llegó: Fuertes nevadas, lluvias y ventiscas amenazaron con arrancar al árbol de cuajo, pero éste resistió junto a su única hoja hospedada en lo más alto.

No obstante, uno de aquellos días, una leve brisa acarició a la hoja que, en un movimiento casi imperceptible, se soltó.

El árbol tardó en morir a penas unos días.

jueves, 23 de julio de 2009

Cambio

Cerraste los ojos y ahí te quedaste inmóvil durante un buen rato, con los brazos extendidos y los dedos rozando el cielo.
Cuando los abriste sonreías y resplandecías como una de aquellas estrellas a las que apuntabas inconscientemente.
Me miraste. Acababas de hacer una promesa.

viernes, 3 de abril de 2009

Final del principio de obsesión

La calurosa noche de verano hizo que Johnny, medio despierto, medio dormido, se revolviera en el colchón, sintiendo el frío sudor recorriéndole la espalda.

Agarró la botella de Absenta y bebió de un trago todo cuanto su garganta aguantó. Se sintió mucho mejor. Se incorporó y se dirigió al ventanal, que ofrecía desde aquel séptimo piso, una vista preciosa.


-Mañana seguro que nevará.- Afirmó entre risas.


Y entonces se precipitó al vacío.

La predicción se quedó entre sus labios y para él, siempre sería cierta.

domingo, 29 de marzo de 2009

Muy lejos.

Una sonrisa se dibujaba en sus labios. Era imposible no sentir la embriagadora felicidad que se acomodaba en cada lugar de su cuerpo, como si le chispeara la piel. Sentía un incontrolable hormigueo en el estómago que la incitaba a fundirse con el mundo, a beber de las emociones y de bailar sintiendo que sus movimientos no se limitaban a la sola existencia de sus pies. Volar... Sí, ella volaría y jugaría con el aire y se convertiría en aquella ola que está a punto de romper contra el mar...


Entonces algo tiró fuertemente de ella inmovilizándola cuando escuchó...


-Irene, baja a fregar la cocina, por favor.


E Irene volvió a la realidad.

Durante unos segundos más siguió admirando el cielo. Aquel cielo con el que no podía evitar quedarse ensimismada, que tantas veces le hacía perder la noción de la realidad, del tiempo, del espacio, y aunque su cuerpo siguiese allí parado, su mente escapaba a todas partes, viajaba... Viajaba y se iba muy muy lejos de allí.


Y sólo así, era cuando Irene se sentía feliz.

sábado, 28 de febrero de 2009

Marzo.

Peces locos a mi alrededor. (o no..)

La Distancia.

Unas manos me agarran fuerte. Me aprietan con dureza los párpados y sujetan mi mandíbula con sus dedos rasgándome la boca. Yo no sé donde están mis manos, sé que las tengo, pero las siento fuertemente encadenadas. Dolor punzante en los oídos, como el despertar de los cañones y el tronar de los cielos.

Llora todo mi cuerpo.


Y, al otro lado del mundo, Johnny, sin saber absolutamente nada de esto, pide un café con hielo.

sábado, 21 de febrero de 2009

Deja vu








Mi nuevo destino.